domingo, 18 de octubre de 2015

La mujer barbuda

Arranca un nuevo día. Me levanto, y antes de que se despierten las fieras voy al baño a tener una micra de intimidad. Me lavo la cara con agua bien fría y me miro en el espejo. Me doy cuenta de que tengo un incipiente bigote, pero no es momento de retirar pelos de la cara, porque los peques tienen que ir al cole y vamos, como siempre, contrarreloj.

Una hora más tarde están empaquetados en el coche en perfecto estado de revista, con papá de chófer. Me despido y doy por inaugurada la jornada laboral. Enciendo el ordenador y mientras carga, paso por el baño. Me doy cuenta de que no sólo tengo bigote, sino que, además, empiezan a asomar pelillos en el entrecejo. Pero no es momento tampoco ahora, los clientes esperan sus reportajes a tiempo.
Katy Perry, tú sí que sabes cuándo es el mejor momento para calentar la cera
Pasa la mañana a golpe de tecla, Google mediante, y con el teléfono en la oreja. De vez en cuando, en mis momentos de asueto, ojeo alguna web de compra colectiva en busca de ofertas aprovechables. "¡Cáspita, depilación láser! ¡Seis sesiones por 10 euros!". Se me pone la cara como al emoticono del whatsapp con los ojos en blanco y las manos en los carrillos... Uff, ¿a diez kilómetros de mi ubicación? Me viene fatal. ¿Cuándo inventarán la depilación por teletransporte? ¿O los smartphones con luz pulsada? Si es que estamos superatrasados.

Como y salgo pitando a la guarde, y de ahí al cole, meriendas, piscinas, inglés (el acento es importante, sobre todo en este post), la compra... y vuelta a casa casi a la hora de cenar. Llega papá justo a tiempo para dar papillas, contar cuentos y a la cama. Y entonces, sólo entonces, vuelvo al baño, a mirarme en el espejo. Aparte de ojeras, tengo bigote y entrecejo, y demasiado cansancio para poner a calentar la cera.

Frida, una artistaza con bigote y entrecejo
Día tras día se repite la misma película, como le pasaba a Shrek en Felices para Siempre. Y cuando llega el sábado y me miro en el espejo, me doy cuenta de que ya he pasado al nivel Frida Kahlo, eso sin contar con la tímida perilla que empieza a crecer. Pero no es momento, que voy de comida familiar y no mola nada parecer un hincha del Atletic sin pintura. "Ya lo haré mañana antes de irme a la cama, así empiezo la semana con la cara despejada".

Por supuesto, las palabras se las lleva el viento.
Arranca un nuevo lunes, martes, miércoles, jueves... el viernes, que hace bueno, bajamos a la urba para que los niños jueguen y las mamás y papás nos pongamos al día. Entre un pilla-pilla y un escondite, una de mis vecinas (en el fondo, gran inspiradora de este post) me comenta: "¿Nunca te ha pasado eso de que te miras en el espejo y te ves el bigote pero luego tardas mil años en quitártelo porque nunca tienes tiempo?". Al principio pienso que va con segundas, pero fijándome atentamente veo su labio superior sombreado, igual que ella se percata de que yo estoy en la misma situación. Acto seguido, nos fundimos en un abrazo de hermanamiento, uno de esos que demuestran ese dicho de 'mal de muchos, consuelo de tontos'.

Y es que a estas alturas del mes, yo ya he alcanzado el nivel Macario, ese en el que hasta tu chico, que jamás se da cuenta de que has cambiado de look aunque te conviertas en Lisbeth Salander (la loca de los piercings y tatuajes de la saga Millenium), te hace algún comentario diplomático: "Cariño, ¿no deberías quitarte esos 'pelillos' del bigote?".

¡¡Ay, qué poco contenta entooyyyyy!!
"De mañana no pasa", digo para mis adentros. Pero vamos que si pasa, de largo. Empiezo a plantearme organizar reuniones con clientes vía Hangouts o Skype y ponerle a la cámara del portátil un filtro que me borre los pelos (y ya, de paso, que me quite alguna arruga). Lo peor de todo es que en el horizonte cercano se vislumbra una rueda de prensa en la que tendré que dar la cara sí o sí. Así que no me queda otra.
De mayor quiero ser como Conchita

Justo la noche anterior al evento, cuando los niños ya están acostados y yo estoy prácticamente transmutada en Conchita Wurst, saco todo mi arsenal pegajoso y me pongo al lío... o mejor dicho, me lío: para hacer tiempo mientras la cera se calienta en el micro (tres minutos), me echo una partidilla al Candy Farm que se alarga sin medida. Tanto, que cuando voy a sacar la cera, ya se ha vuelto a enfriar. La historia se repite un par de veces más hasta que, por fin, llego de nuevo frente al espejo, ese que me avisa y al que nunca quiero escuchar, con la cera caliente y mi rostro preparado para un cambio radical.

El caso es que con seis o siete 'ris ras' de cera y algún que otro 'clic clac' de pinzas vuelvo a ser yo misma. Como muchísimo, 10 minutos de sufrimiento intermedio que tampoco deberían ser tan difíciles de sacar, ¿no? Pues a mí no me da la vida, y sé que ni mi vecina ni yo somos las únicas, ¿verdad?



No hay comentarios:

Publicar un comentario